Elogio del libro de papel reflexiona sobre la función de los formatos en la transmisión de los textos. Las palabras posadas en las diversas superficies -libro, revista, periódico, grafitis, publicidad...- reciben de estos formatos un valor que no es despreciable. La igualación de todos los formatos en internet debe contrapesarse con el mantenimiento de las formas reales. La ciencia pertenece a los libros. Leer es ascender al monte de la abstracción desde el valle de la imagen.
Imagen: Vladimir Pustovit, CC

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martes, 13 de febrero de 2018

Carlos García Gual: “Los alumnos pasan mucho tiempo con el móvil. No saben nada”


Carlos García Gual: “Los alumnos pasan mucho tiempo con el móvil. No saben nada”

Ocupa el sillón J de la Real Academia Española. Escritor, catedrático y traductor, convirtió la literatura y el mundo clásico en sus pasiones. Pero el título que le atribuyen sin discusión quienes lo conocen y lo han leído es el de sabio. Pasó su infancia en el Mediterráneo, sumergido en la biblioteca de su abuelo militar. Fue un niño miope al que le gustaba poco el deporte, una rareza en su familia. Asegura que la lectura es la manera de escapar de “la prisión del presente”.

Empieza ya entonces a leer. Mi abuelo tenía una biblioteca bastante grande y muy bien ordenada, a diferencia de la mía. La suya debía de tener 4.000 o 5.000 ejemplares y se pasó la vida ocupándose de ella. Era un hombre muy disciplinado, se levantaba a las ocho de la mañana y se acostaba a las doce de la noche después de escuchar Radio París. Siempre hacía lo mismo. Poseía unas libretas donde tenía catalogados todos sus ­libros. Tuve también un tío que escribía en los periódicos. Mi abuelo no. Se sabía poesías de memoria. Le gustaban mucho Amado Nervo, Rubén Darío y, un poco menos, Unamuno. Tenía toda la obra de Blasco Ibáñez, al que yo nunca leí por prejuicios.

“Gente como mi abuelo, con una gran cultura literaria,  que estaba al día de lo que pasaba, que anotaba sus libros, ha ido desapareciendo”

¿A qué se dedicaba su abuelo? Era coronel de carabineros retirado. Se retiró en 1935. Los carabineros no se sumaron al alzamiento, y tal vez, de haber estado en activo, lo hubieran fusilado. El castigo que Franco les impuso fue el de mantenerles la paga de 1936, así que en los años sesenta seguía cobrando lo mismo que al empezar la guerra: mil pesetas. Tenía algún amigo general que había muerto en la mayor de las pobrezas. Ese tipo de gente, como mi abuelo, ha ido desapareciendo. Gente que poseía una gran cultura literaria, que estaba al día de lo que pasaba. Sus libros estaban anotados. Mis favoritos de su biblioteca fueron Conan Doyle y Julio Verne, en unas viejas ediciones con grabados. Yo era un niño bastante miope, con gafas. Muy poco deportista. Fui una rara avis dentro de la familia.
¿Por qué se va de Palma? Cuando tenía ocho años, mi padre pidió el traslado a Rosas, en Girona, a una batería de montaña. Donde ahora está elBulli hubo una batería de montaña, que yo recuerdo con unos cañones tremendos. Y allí estuvimos más o menos cinco años. A mi padre le gustaba cazar y pescar. Lo había hecho en el norte de Mallorca y luego lo hizo en Rosas. A mí me gustan esos paisajes, el del Ampurdán y el de Mallorca, se parecen un poco a las islas griegas. Mi niñez y mi adolescencia están ligadas al Mediterráneo. Luego me vine a Madrid a hacer la carrera. Vine solo.
Fue hijo de militar en una dictadura gobernada por militares. Mi padre no era nada militar, se pasaba la vida en el café. Antes de la guerra se había alistado como voluntario y lo destinaron a África. Así que vino desde allí con las tropas de los moros. Y estuvo en ­todas partes: en Brunete, en Belchite, en el Ebro. Pero era muy joven, no sé si llegó a sargento. Si se quedó en el Ejército fue porque aquella catástrofe lo dejó desconcertado. Su familia era de derechas y un hermano suyo murió en la guerra, pero terminó siendo totalmente antifranquista. Tuvo que luchar cuando debería haber estado estudiando y luego ya no pudo hacerlo. Venía de esa zona de Castilla donde estaban muy implantadas las JONS y tenía muchas ilusiones, según contaba mi madre, de que vendría un mundo mejor. Así que vivió siempre desilusionado. Hablamos poco. Me he quedado con algo pendiente. Es lo que decía Fernán Gómez sobre su padre, que nunca le pudo decir cuánto lo quería. Era una persona como bondadosa. Nunca hablaba de la guerra. Y nosotros no le preguntábamos. Tenía muchos méritos acumulados, así que eso terminó conduciéndole también a Madrid, al Ministerio del Ejército, uno o dos años después de que llegara yo.


Carlos García Gual: “Los alumnos pasan mucho tiempo con el móvil. No saben nada”


¿De qué parte de Palencia venía? Su padre era de San Cebrián de Campos, un sitio muy bonito cerca de Carrión, en la Castilla más antigua, en la comarca del Pisuerga. Era veterinario y, al revés del abuelo de Palma, muy desordenado. Tenía una especie de herrería en una cuadra donde también había caballos. En el patio crecía un gran moral, donde nos subíamos de pequeños y nos manchábamos enteros. Mi amor por Castilla viene de ahí. Viajábamos en tren, generalmente en vagón de tercera; éramos entonces los cuatro hermanos pequeños y mis padres. Íbamos en barco de Mallorca a Barcelona, donde mi padre, para hacer tiempo, nos llevaba a un cine de las Ramblas donde ponían películas cómicas en sesión continua: Charlot, ­Jaimito, etcétera. Y al zoo. De Barcelona solo conocíamos el cine y el zoo. Y luego íbamos a la estación de Francia y cogíamos un tren que tardaba veintitantas ­horas; hasta Valladolid primero y después a Palencia.
¿Y su madre? Fue la que nos crio a todos. Era una mujer muy alegre, siempre rodeada de niños. No hizo nada más que cuidar de la casa. Pienso que fue feliz a medias. No le gustaba la cocina, no le gustaba coser, hubiera preferido una vida más alegre. Se vio hipote­cada por los seis hijos. Llegó a vivir muchos años, unos noventa, y en los últimos le salió un poco la amargura de haber gastado toda su vida en la familia. Tenía un fondo frívolo, le hubiera gustado que se ocuparan más de ella. Era muy tradicional.
¿Cómo terminó dedicándose al griego? Tuve siempre vocación de letras, por el ambiente familiar. Si decidí dedicarme al griego fue porque, en Filosofía y Letras, los profesores de lenguas clásicas eran muy buenos. Francisco Rodríguez Adrados o Luis Gil, que todavía viven. De hecho, la presentación en la Academia fue promo­vida por Adrados: tenía miedo de que se quedaran sin helenistas.
¿Cómo era el Madrid de aquellos años? Me gustó mucho. Fui del mismo curso que Manuel Gutiérrez Aragón, Carlos Piera, Jesús Muñárriz, Lourdes Ortiz... Era una universidad muy politizada, aunque no todo el mundo lo estuviera. Algunos de mis amigos pertenecían al partido comunista. Participe en la manifestación de 1965. Me detuvieron, pero durante poco tiempo. Más adelante conocí a García Calvo y a Tovar. Entonces se leía mucho, fuera de los textos obligatorios. Era la época del existencialismo, de Sartre y Camus, a quienes se los conocía bien. Los más finos leían a Guillén o a Aleixandre. Era un mundo donde no había televisión, donde no había pantallas, y el cine español tenía cosas interesantes, no solo las comedias de Landa. Tuvo mucho éxito en aquella época la novela Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Todo eso ha ido desapareciendo. Ahora los alumnos leen muy poco. Fuera de lo que es obligatorio, no saben nada. Pasan mucho tiempo dedicados al móvil y no les queda casi nada para leer.

“La gente que no lee vive en la prisión del presente. La vulgaridad siempre tiene a su favor la facilidad. Es muy fácil ser vulgar, ser como todos”

Eso le debe parecer un horror, ¿no? Soy sobre todo lector y todo lo que he escrito tiene que ver más con mis lecturas y menos con mis experiencias personales. Para mí, leer es entrar en un mundo de horizontes casi diría que infinitos. Y donde hay figuras dramáticas y situaciones y épocas que son mucho más interesantes que mi propio contexto. Quien no lee está limitado a sus circunstancias más próximas: los vecinos, la tele, los juegos. Para mí, la lectura es como un campo de ­correrías. Siempre he leído y he escrito lo que me ha gustado. Seguramente por eso soy mal ejemplo para filólogos. Decía Martín de Riquer en una entrevista, aunque no es del todo exacto: “Yo no he trabajado nunca. Todo lo he hecho por placer”. Yo creo que no es incompatible lo uno con lo otro, pero a mí me pasa lo mismo: todo lo he hecho por placer. Cuando llegue al más allá no haré reclamaciones.
¿Cómo le fue en términos académicos? Comencé siendo un lingüista estructural. Me gustaba mucho la sin­taxis y el estructuralismo estaba de moda. Era una disciplina puntera e hice mi tesis sobre las voces del verbo griego, un trabajo bastante difícil, y el libro que salió de ahí me sigue pareciendo estupendo. Se publicó en 1970. Me apasiona el griego y he traducido mucho. Pero, sí, he derivado hacia la literatura. Me gusta la épica, me gustan las aventuras. Luego también me he metido en los mitos artúricos. Mi atracción ha pasado de los clásicos al mundo de la mitología. He trabajado bastante en la literatura comparada, las literaturas medievales inglesa, francesa, alemana. No he tratado la literatura más cercana, sino la que está más distante. Al terminar, fui catedrático un año en Granada y seis en Barcelona, pero siempre hemos tenido la unión con Madrid, porque mi mujer era de Madrid.
¿Y qué pasó con el griego? Sigo acudiendo mucho a los griegos. La Iliada, la Odisea, las grandes obras trágicas me atraen mucho; también Platón. Me han gustado asimismo textos un poco raros, que ni siquiera estaban en español. Yo traduje, por ejemplo, El viaje de los argonautas, de Apolonio de Rodas. Y también la vida de Alejandro, de Pseudo Calístenes. Es un griego, seguramente egipcio que escribía en griego, y se ocupa del mito de Alejandro 400 años después de su muerte. Ahí ya están algunas de sus grandes aventuras: un viaje en globo a las alturas, un viaje en una bola de cristal al fondo del mar, el encuentro con los árboles parlantes. En España todo eso está en el Libro de Alexandre, del primer tercio del siglo XIII.


Carlos García Gual: “Los alumnos pasan mucho tiempo con el móvil. No saben nada”


Aventuras y aventuras. Me atraen las aventuras míticas, que tienen su lado fabuloso. Por eso en la última versión de mi libro sobre los mitos he metido a uno que hasta ahora no me atrevía: Tarzán. Es un héroe moderno, pero no es galáctico. No puedes compararlo con Superman, y me parece mucho más interesante aunque políticamente incorrecto. Es el niño blanco, de buena familia inglesa, que recupera en medio de la selva y los monos todo el mundo victoriano.
Y la política, ¿no le ha atraído nunca? Me he mantenido siempre bastante apartado. De ideas soy de izquierdas, me gusta el marxismo teórico, pero creo que la práctica lo ha desprestigiado mucho. Nunca he pertenecido a ningún grupo político, aunque he sentido cierta simpatía por el socialismo de la época de Felipe González. Y soy un admirador de la Transición: aunque tiene sus limitaciones, fue un gran avance. Vengo de la época franquista y nunca he podido aceptar el mundo de la censura. Hice un viaje a Cuba para estar dos semanas como comisario de libros. No pude aguantar más que una. Era un mundo donde no había periódicos y donde la gente que acudía a las conversaciones venía con ideas previas, con sus papelitos para censurar.
También se ha ocupado del pensamiento. Sí, la filosofía ha sido muy importante para mí. He escrito prólogos para libros de Platón, Aristóteles, para otros grandes. Pero también, y fundamentalmente, he abierto la línea sobre Epicuro y los cínicos. Mis libros fueron anteriores a cuando se pusieron de moda. Todo el mundo habla ya de Epicuro, pero mi libro fue de los años ochenta. Y luego están los cínicos, a los que se llamaba la “secta del perro”. Me gusta lo que hay en ellos de búsqueda de una felicidad terrestre y su desconfianza en el idealismo y las falsas ideas, y esa búsqueda de la amistad, de una sociedad sin grandes pretensiones pero muy humana. Los cínicos me han hecho gracia, y eso que yo soy más epicúreo que cínico. Me han interesado como movimiento de protesta con una gran dosis de humor, de un humor punzante. Eran muy anarquistas.
Le interesa, por lo que veo, lo más próximo, lo que está escrito en letras minúsculas. Como los epicúreos, creo en la amistad. Pero en unos cuantos amigos, a los que se pueda tratar de verdad. Toda esta gente que a través del móvil tiene cientos de miles de amigos, pues eso me parece una tontería. No creo en las grandes palabras huecas.
¿Le gustó su paso por la universidad? Me ha gustado dar clases. Otros aspectos de la universidad ya me gustan menos. Toda la cosa burocrática, los programas de investigación que te permiten viajar, todo eso no me ha interesado. Fui dos años vicerrector en la UNED y las reuniones me aburrían mucho. Me gusta el griego. He tenido pocos alumnos porque me tocó ya la época en la que el griego dejó de ser la asignatura que debía cursar todo el mundo, por lo menos durante los primeros años de comunes. Mantengo muy buenas relaciones con algunos alumnos, hace unas semanas coincidí con los de la promoción de 1970.
¿Cómo ve las cosas ahora? Hay un prejuicio funesto que es el de la rentabilidad. Obtener algo de inmediato, que la gente estudie para colocarse. Conocer unas cuantas materias y un poco de inglés. Creo que todo eso es un empobrecimiento. El ser humano tiene unas capacidades imaginativas, y de memoria y de entendimiento, que se abren con la cultura. Pero eso a los Gobiernos de ahora no les interesa. No es rentable para ellos como políticos y, piensan, tampoco es rentable para los que tienen que colocarse. Pero reducir la vida a eso es un poco triste. Hay tiempo para todo: se puede ser un buen lector y un buen ingeniero. Esta es una batalla, la batalla de las humanidades, perdida. En grandes líneas. Pero puede haber focos de resistencia. Hay que volver a las barricadas, individuales y de pequeños grupos. El lector seguirá existiendo, aunque sea en este mundo hostil. Serán minoría, pero existirán. La lectura está unida a la crítica y a los grandes horizontes. La gente que no lee es gente de mentalidad muy reducida: viven en la prisión del presente.
¿Hay alguna salida? Es difícil. La vulgaridad tiene siempre a su favor la facilidad. Es muy fácil ser vulgar, ser como todos, el mínimo común denominador. Es lo que hay.

martes, 23 de enero de 2018

Tim Cook, CEO de Apple, muestra su preocupación por el abuso de la tecnología

El País


"No quiero que mi sobrino esté en redes sociales", afirma el directivo


Tim Cook, CEO de Apple, durante una reciente visita a Reno (Nevada).
Tim Cook, CEO de Apple, durante una reciente visita a Reno (Nevada).  AP
Tim Cook, CEO de Apple, quiere poner límites a los menores en el uso de la tecnología, aunque teóricamente vaya en contra de los intereses de su compañía, donde la educación y el diseño son parte de sus estrategias claves. “No creo en el uso excesivo de la tecnología. No soy de los que cree que se va a tener éxito por usarla todo el tiempo”, dijo este fin de semana durante una visita al Harlow College de Essex, uno de los 70 centros de toda Europa que van a adoptar el programa de Apple para aprender a programar dentro de su plan docente.
El directivo rechaza que el uso de dispositivos sea algo que sea necesario en todas las asignaturas: “Hay conceptos que se explican mejor dialogando. ¿En literatura hace falta usar tecnología? Probablemente no”. El sucesor de Steve Jobs fue más allá: “No tengo hijos, pero tengo un sobrino [de 12 años] al que le pongo algunos límites. Como, por ejemplo, que no quiero que esté en redes sociales”.
Cook ha remarcado su interés en la difusión de la programación como motor social de cambio y lenguaje necesario para el futuro, pero no la ve tanto como una opción de ocio para jóvenes. Junto con la Fundación Malala han creado un sistema de becas para niñas de Secundaria. En opinión de Cook la educación es una gran fuerza igualadora.
Este nuevo programa ofrece un iPad a cada uno de los alumnos con contenido y herramientas para aprender a programar. “Si tuviera que elegir, creo que es más importante aprender a programas que aprender un idioma extranjero. Sé que muchos no están de acuerdo en esto, pero la programación es un lenguaje universal con el que se puede llegar a más de 7.000 millones de personas”, sostuvo durante el encuentro.
Nick Bilton, periodista y autor de Hatching Twitter, la historia novelada sobre la fundación de la red social, cuenta que Evan Williams, uno de los fundadores de Twitter, mantiene a sus dos hijos lejos de pantallas táctiles y limita el tiempo de televisión. Una tendencia cada vez más marcada en Silicon Valley. El propio Steve Jobs, fundador de Apple, era defensor de estas medidas. Lo mismo sucede con Bill Gates, fundador de Microsoft.
La experimentación es una de las máximas de esta capital tecnológica, desde la más tierna infancia se cree que esta es una de las fórmulas de éxito en el futuro. Los líderes del sector compiten por las plazas en escuelas infantiles que siguen el método Montessori, con el que crecieron ambos fundadores de Google.
Otra voz autorizada en Silicon Valley, la de Chamath Palihapitiya, uno de los primeros directivos de Facebook, responsable de su rápida implantación, advirtió sobre la adicción que generan en una reciente entrevista en CNBC: “Que se las apañen, salgan a la calle y se pelen las rodillas, que se caigan, que jueguen, que pierdan, que después me vengan a ver para contármelo y podamos hablar como seres humanos racionales: así les podré decir por qué es bueno que tengan esas vivencias”. Palihapitiya dirige un fondo de inversión de 2.600 millones de dólares en Palo Alto, la ciudad más selecta de Silicon Valley. “Ni iPad ni iPhone ni ordenador. En casa no hay tiempo para pantallas”, sostiene este padre de tres hijos. “Quiero que estén con amigos. Ocasionalmente, vemos alguna película”, añade.
Aunque todavía no está claro el daño que puede hacer el uso de aparatos electrónicos en edades tempranas, comienzan a multiplicarse los estudios que tratan de medir su impacto en la capacidad para concentrarse.
Apple es la empresa que más presión está recibiendo. Jana Partners, con un grupo de profesores retirados del estado de California, remitió una carta pidiendo que sus productos fuesen más seguro para los jóvenes. “Hemos comprobado bien nuestra sensación y tenemos evidencias para pensar que Apple tiene que proponer a los padres más opciones y herramientas para asegurar que estos jóvenes consumidores usan sus productos de la manera óptima”, rezaba el escrito.
En diciembre, un estudio de la Universidad de Michigan apuntaba en la misma dirección. La investigadora al frente del escrito cree que el abuso de las pantallas táctiles es un vector de problemas de socialización. “No está claro aún cuánto tiempo se considera normal, sano o insano, pero sí hemos demostrado que causa problemas en algunos aspectos de la vida normal, se convierten en vida dedicadas solo al consumo”, dice Sarah Domoff, psicóloga infantil en dicho centro.


domingo, 26 de noviembre de 2017

Mientras una máquina funciona, el hombre pone en ella la poesía que le falta

Mientras una máquina funciona, el hombre pone en ella la poesía que le falta, hasta siente correr sangre y amistad entre los dos. Después de que falla, es un complicado y retorcido engranaje de hierros fríos y hojalata que da miedo.

Carmen Laforet: La mujer nueva.


sábado, 25 de noviembre de 2017

Oportunidades y riesgos de la lectura digital. Rafael González Sánchez en Métodos de información.

Artículo completo

La lecto-escritura tiene una existencia relativamente reciente. Según los
criterios de definición que se adopten, entre los 5.000 y los 3.000 últimos
años. Su inicio se determina cuando el ser humano utiliza deliberadamente
unos signos externos (unas pinturas para indicar el inicio de la caza, unas
marcas en piedra para señalar un acontecimiento, etc.) con el fin de regular su
relación con su entorno. Lo no escrito se perdió... de ahí que los textos
bíblicos, grecolatinos y medievales, que en un principio fueron orales,
terminaron por escribirse. Sin embargo, a pesar de que la invención de la
escritura supuso un hito en la evolución humana al mejorar e intensificar la
transmisión del conocimiento, hasta antes de la invención de la imprenta en el
siglo XV fue un bien escaso y la lectura estaba relegada a las élites sociales.
Según Barnés (2014) “El Quijote, novela sobre la lectura y sus consecuencias,
no podría haberse escrito antes de Gutenberg; solo después, alguien de no
muchos recursos como un hidalgo de un lugar de la Mancha podía poseer una
biblioteca lo suficientemente nutrida para poder vivir en ella y de ella”.

Mientras voy en el metro o en el autobús de regreso a casa, leo un artículo recomendado por
el profesor en la clase de hoy, al momento salto a mirar el mensaje de un amigo que acabo de
recibir en Twitter. Mientras le respondo, recibo un ‘whatsapp’ de mi madre recordándome
que no olvide reservar los billetes de tren por Internet, y le contesto rápidamente con el
emoticono de ‘Ok!’ mientras ya he dado a abrir la web de Renfe,... ¿por dónde iba en la
lectura del artículo?
Por mucho que ejercitemos cada día esta multitarea, optamos por ir
postponiendo aquellas que no son prioritarias para el momento puesto que el
cerebro humano aún no está acostumbrado. Pero va a ser muy difícil
concentrarse ya que las redes sociales nos exigen estar siempre disponibles
para contestar por temor a no perdernos nada de lo que suceda, unido a que
con las nuevas tecnologías ya hemos desarrollado la sensación de fácil e
inmediata recuperación de cualquier información, pero sin un análisis crítico
de la misma. En definitiva, la hiperconexión nos está transformando en seres
social y cerebralmente más ‘planos’ y estresados. “Ser inteligente significa,
etimológicamente, leer entre: inter-legere, que se funde en el verbo intellegere,
cuyo sustantivo abstracto es intelligentia [...] información no equivale a
conocimiento, sino que cuanta más información, más arduo es el
conocimiento. Porque conocer implica asimilar, y la sobreabundancia de datos
colapsa” (Barnés Vázquez 2014, p. 28). Y al realizar tantas actividades en un
solo momento, éstas quizá se llevan a cabo con errores, consecuencia de la
velocidad y la poca atención que se pone en ellas. Debido a esto, además de la
transformación en cómo leemos, también se está modificando la forma en que
escribimos. Y en respuesta a estos nuevos hábitos de lectura, muchos autores
y editores están produciendo obras y artículos más cortos que no requieren
reflexión o una lectura atenta.